EL JINETE DEL CABALLO BLANCO

Por Ray C. Stedman.
El capítulo 19 de Apocalipsis nos presenta el punto *****bre de este gran libro, la Segunda Venida de Jesús, la gloriosa aparición de nuestro Señor. Es muy apropiado que la analicemos en el Domingo de Ramos, cuando celebramos la llamada entrada triunfal del Señor en Jerusalén, aunque él no lo hubiese llamado una entrada triunfal porque lloró al descender por la montaña.

Pero esta Segunda Venida, que describe el libro de Apocalipsis, sí es, verdaderamente, su entrada triunfal. La semana pasada terminamos nuestro estudio en medio de un gran coro celestial, que cantaba aleluya. Mencioné entonces que es la primera vez que aparece la palabra «aleluya en Apocalipsis, pero lo que es más sorprendente todavía, ¡es que es la primera vez que aparece la palabra «aleluya en el Nuevo Testamento! ¡En los salmos se menciona repetidamente la palabra aleluya y también en muchos pasajes de todo el Antiguo Testamento! Pero resulta asombroso que no se haga mención alguna de nadie, en el Antiguo Testamento, que cante «aleluya hasta que llegamos a esta escena extraordinaria en Apocalipsis 19. Aquí el cielo prorrumpe por fin en alabanzas y se regocija por el juicio de la Misteriosa Babilonia la Grande, la iglesia ramera, que afirmaba ser la reina, la verdadera esposa del Cordero de Dios, que es destruida por el propio Dios justo antes de la aparición de Cristo.

Este gran coro alcanza ahora el crescendo para anunciar a la verdadera novia de Cristo.

«Oí la voz de una gran multitud, como el ruido de muchas aguas y como el sonido de fuertes truenos, diciendo:

¡Aleluya! Porque reina el Señor nuestro Dios Todopoderoso. Gocémonos, alegrémonos y demosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su novia se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, resplandeciente y limpio.

(Porque el lino fino es los actos justos de los santos.)»

Hemos llegado ahora a la boda del Cordero, donde reclama a la Novia para sí. Nos encontraremos de nuevo con la novia en los capítulos 21 y 22, bajo la figura de una gran ciudad a la que se llama «la novia, la esposa del Cordero. Sin embargo, es aquí, donde tiene lugar la boda de Jesús y de su esposa.

La mayoría de los comentaristas reconocen a la esposa como la iglesia porque el apóstol Pablo dice en Efesios 5 que «también Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, a fin de santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento de la palabra, para presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa y sin falta. Aunque el término «esposa no se emplea aquí parece ser descriptiva de la relación que tiene nuestro Señor como el esposo de la iglesia. Otros pasajes de las Escrituras nos inducen a creer que la esposa incluye a la iglesia pero, además de eso, incluye a todos los santos glorificados y redimidos de todos los tiempos. Jesús se refiere a la cena nupcial del Cordero cuando, en Mateo 8:11 dice: «Y os digo que muchos vendrán del oriente y del occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos [en la fiesta nupcial]. Por lo tanto, los santos del Antiguo Testamento son también la esposa. En los capítulos 21 y 22, cuando la nueva Jerusalén, la Ciudad Santa, descienda de Dios, de los cielos, «ataviada como una esposa con su precioso vestido, preparada para recibir a su esposo y denominada «la esposa del Cordero tendrá doce puertas con los nombres de las doce tribus de Israel inscritos sobre ellas y doce fundamentos que llevarán los nombres de los doce apóstoles. De modo que se producirá una fusión entre los santos de los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento en la esposa del Cordero.

Cuando dice en el versículo 7 que «su novia se ha preparado esto parece implicar que el trono del juicio de Cristo ya ha quedado atrás. Estos son pasajes de las epístolas de Pablo, en los que se refiere al trono del juicio. En 2ª Corintios 5:10 dice: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que ha hecho por medio del cuerpo, sea bueno o malo. Es un momento para la evaluación. No se trata de fijar un destino, sino de determinar el grado de la recompensa. Es una ocasión en la que será evaluado nuestro servicio para el Señor durante los días que hayamos estado en la tierra y se nos mostrará lo que hicimos descansando en el Espíritu y lo que hicimos conforme a las energías de la carne. Según el apóstol, los hechos llevados a cabo para nuestra propia glorificación o mediante la energía de la carne por propósitos egoístas serán todos ellos «quemados con fuego y todo lo que quede serán «los actos de los justos y es lo que tenemos aquí. Se nos dice que «y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, resplandeciente y limpio y que «el lino fino es los actos justos de los santos. De modo que aquí la novia se ha preparado pasando por el trono del juicio de Cristo e incluso sus actos justos han sido lavados en la sangre del Cordero, por lo que el traje con el que se viste está resplandeciente y limpio. La importancia de esta ocasión la vemos en los versículos 9 y 10.

«El ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que han sido llamados a la cena de las bodas del Cordero., Me dijo además: Estas son palabras verdaderas de Dios., Yo me postré ante sus pies para adorarle, pero él me dijo: ¡Mira, no lo hagas!, Yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús. ¡Adora a Dios! Pues el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía.»

Es un gran honor estar invitado a un banquete nupcial. Esa invitación es el evangelio, que llega a todos los hombres y mujeres por todas partes, en todos los tiempos, invitándoles a la cena de las bodas del Cordero para ser parte de la esposa de Cristo. Esto enlaza con la parábola que relata nuestro Señor en Mateo 22. Un rey muy importante, dijo Jesús, celebró el banquete de bodas para su hijo y envió invitaciones a ciertas personas, pero estas se negaron a asistir. Parece que esto se refiere a la nación de Israel. Cuando el Señor se presentó a sí mismo a la nación durante su Entrada Triunfal, montando en un borriquillo y descendiente del Monte de los Olivos, como había anunciado por adelantado Zacarías: [«He aquí tu rey viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado sobre un asno, sobre un borriquillo, hijo de asna] el pueblo le recibió, pero los dirigentes de la nación le rechazaron y, de este modo, se negaron a entrar en la sala donde se celebraba el banquete. Entonces el rey mandó a sus siervos a las encrucijadas de los caminos, y llamó al banquete de bodas a todos los que hallaron, tanto buenos como malos y les dieron ropas de bodas para asistir al banquete. Esta es, sin duda, una imagen del gran acontecimiento que nos espera y que examinamos aquí.

El Espíritu de Dios ha estado llamando a hombres y mujeres durante todos los siglos del cristianismo y antes de eso, en los tiempos del Antiguo Testamento, e incluso ahora, durante los tiempos de la tribulación, les invita a unirse a esta maravillosa escena de la cena de las bodas del Cordero. ¡Qué gran privilegio será ver al gran Novio mismo, y ser parte de su amada esposa, compartiendo la intimidad de la comunión con el Señor Jesús! Cada persona, de manera individual, será miembro de la esposa y podrá sentir que es posesión especial del Señor. Yo pienso con frecuencia en las palabras de Samuel Rutherford, el gran santo escocés, que escribió en el siglo XVIII:

La esposa no mira a sus vestiduras, sino al rostro amado del Esposo.

Y yo no habré de contemplar la gloria, sino a mi Rey de Gracia.

No he de mirar la corona que me de, sino sus manos traspasadas,

El Cordero es toda la gloria en la tierra de Emmanuel.

Resulta casi imposible describir adecuadamente la belleza de esta escena, a fin de que sea real en nuestros corazones. ¡Qué cosa tan bendita y maravillosa es ser invitado a la cena de las bodas del Cordero! Es algo tan increíble que el ángel añade «estas son palabras verdaderas de Dios.

Juan se siente tan profundamente conmovido por todo esto que de inmediato se postra para adorar al ángel que le reprende en seguida diciendo: «¡Mira, no lo hagas! Yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús. ¡Adora a Dios! ¿Y eso cómo se hace? El espíritu mismo de la profecía nos dice cómo hacerlo, porque el ángel añade: «el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía. La profecía solo nos lleva a Jesús y no ha sido diseñada con el fin de que tengamos un calendario de los últimos días, aunque algunas personas lo leen de ese modo. No, el espíritu, la esencia, de la profecía es dar testimonio acerca de Jesús, que es la figura central de todas las escrituras. Aquello en lo que debemos de fijar nuestra atención no son los acontecimientos, sino en Aquel que hace que sucedan, el Señor Jesús mismo. Por eso, el ángel nos instruye diciendo que centremos nuestra atención en él.

En los versículos 11 al 16 llegamos a la gran culminación de toda la historia. Este es el acontecimiento único, el que sucederá de una vez para siempre, de entre todos los acontecimientos humanos desde el principio de los tiempos, el momento en que se manifestará la presencia de Jesús en poder y gran gloria. Es el suceso que más se ha venido profetizando en la Biblia. En tres ocasiones diferentes en este libro, al final de cada una de las series de juicios, cuando se abren los siete sellos, y las siete trompetas, y las siete copas de la ira, hemos estado a punto de encontrarnos con este suceso, y en cada una de estas ocasiones el Espíritu de Verdad nos ha llevado nuevamente para ver de una forma más intensa lo que Dios está haciendo actualmente en el mundo, pero ahora nos enfrentamos por fin con el acontecimiento mismo.

Esto es lo que llama Pablo, en 2ª de Tesalonicenses «el esplendor de su venida o literalmente y como dice en griego «el destello de su presencia. Jesús vino como un ladrón a recoger a su iglesia durante el principio de la última semana, llevándosela inesperadamente y de repente, del mismo modo que se lleva un ladrón un tesoro de una casa. Desde entonces ha estado, como hemos visto, presente, aunque de manera invisible, junto a su iglesia, tras el escenario, durante todo el período de siete años de duración, dirigiendo los acontecimientos. El libro nos lo ha mostrado de vez en cuando, reuniéndose en el Monte de Sion con los 144.000 y dirigiendo las diversas actividades que suceden en la tierra, pero ahora esta presencia invisible se vuelve visible, como describió él mismo en su gran discurso del Olivet de Mateo 24 donde se nos dice: «Entonces se manifestará la señal del Hijo del Hombre en el cielo, y en ese tiempo harán duelo todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes con poder y gran gloria.

El primer capítulo de Apocalipsis también se refiere a ello:

«He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá.»

Ahora leemos acerca de su venida misma en el versículo 11 y los próximos versículos:

«Vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llama Fiel y Verdadero. Y con justicia juzga y hace guerra. Sus ojos son como llama de fuego. En su cabeza tiene muchas diademas y tiene un nombre escrito que nadie conoce sino él mismo. Está vestido de una vestidura teñida de sangre, y su nombre es llamado EL VERBO DE DIOS. Los ejércitos en el cielo lo seguían en caballos blancos, vestidos de lino fino, blanco y limpio. De su boca sale una espada aguda para herir con ella a las naciones, y él las guiará con cetro de hierro.

«El pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. En su vestidura y sobre su muslo, tiene escrito el nombre:

REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.»

No se trata del Llanero Solitario montado en su caballo Silver, aunque es posible que esa ficción se base en este tema. Este Jinete que cabalga sobre un Caballo Blanco nos lo descubren bajo cuatro nombres diferentes. El primero de ellos se encuentra en el versículo 11, donde se le llama «Fiel y Verdadero. Y es en esa capacidad en la que viene «a juzgar y a hacer la guerra pero todo ello en perfecta justicia. Hay causas justas para corregir el mal y para castigar a los que lo hacen a pesar de las campañas actuales en contra del castigo capital. Nuestro Señor viene para ejecutar su perfecta justicia y para hacer la guerra. Por fin, como hace tantísimo tiempo que nos vienen prometiendo las Escrituras, se remediarán todos los males de la tierra y todos los engaños y abusos económicos con los que actualmente estamos familiarizados quedarán descubiertos y se corregirán; las drogas que acaban con las mentes de las gentes serán eliminadas, se acabarán los crímenes, cesarán los odios entre la humanidad porque Jesús viene a juzgar a la tierra y para enderezar todos los entuertos.

Otro de los nombres se encuentra en el versículo 12: «Sus ojos son como llama de fuego. En su cabeza tiene muchas diademas, y tiene un nombre escrito que nadie conoce sino él mismo. Ese nombre desconocido está relacionado con los ojos como llama de fuego y las muchas diademas que lleva sobre su cabeza. Los «ojos como llama de fuego se refieren al absoluto discernimiento, a un conocimiento penetrante y «las muchas diademas hablan acerca de la autoridad absoluta y ambas juntas nos ofrecen una imagen de la omnisciencia y la omnipotencia, pero cada una de ellas conferidas a un hombre y ese es el punto a destacar de este texto. La maravilla de Jesús es que se manifiesta como hombre y lo hace con toda la plenitud de Dios, porque es al mismo tiempo Dios y hombre. Su nombre, ese nombre desconocido, nos lo revela. Lo que esto sugiere es que nadie sabe hasta qué punto llega esa misteriosa unión entre Dios y el hombre. Todo cuanto quiere decir esta maravillosa revelación es que se concede a un hombre toda la autoridad, el poder, la omnisciencia y la omnipotencia de Dios, algo que nadie conoce a fondo y descubriremos nuevos aspectos de ello a través de la eternidad. Por eso es por lo que parece que el cielo está siempre prorrumpiendo en nuevas alabanzas y nuevas maravillas por cómo es nuestro Señor.

En el versículo 13 nos encontramos con un nombre más: «Está vestido de una vestidura teñida en sangre y su nombre es llamado EL VERBO DE DIOS. Ese Verbo de Dios está relacionado con la vestidura teñida de sangre y con los ejércitos celestiales que le siguen, así como con la espada aguda que sale de su boca. Algunos comentaristas se refieren a «la vestidura teñida en sangre como una descripción de la cruz, del sacrificio de Jesús, pero yo no lo entiendo de ese modo. Creo que se refiere a un dialogo extraordinario que se encuentra en el capítulo 63 de Isaías, un diálogo entre el profeta y el Guerrero-Mesías. Al mostrársele a Isaías la venida de Cristo, es como si se encontrase en Jerusalén, mirando hacia el sur, en dirección a Edom, y ve a un gran guerrero que viene con vestiduras teñidas de rojo y pregunta:

«¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, vestido con vestiduras brillantes) ¿Quién es éste de ropa esplendorosa, que marcha en la grandeza de su poder?»

El guerrero le responde:

«Soy yo, que hablo en justicia, grande para salvar.}

El profeta vuelve a preguntar:

«¿Por qué está enrojecida tu ropa, y tus vestiduras están como las que ha pisado en el lagar?}»

A lo que responde el guerrero:

«He pisado el lagar yo solo. De los pueblos nadie estuvo conmigo. Los he pisado con mi furor y los he hollado con mi ira. La sangre de ellos salpicó mis vestiduras, y manché toda mi ropa. Porque el día de la venganza ha estado en mi corazón y el año de mi redención ha llegado. La espada aguda que ve el profeta aquí la boca de Jesús es la Palabra de Dios. En la visión con la que comienza el libro, Juan vio al Señor Jesús con una espada de doble filo que salía de su boca. Como es natural, es un símbolo del poder de la Palabra, y aquí refleja el poder para atacar a todas las naciones y, de ser necesario, destruirlas. ¿Se ha sentido usted alguna vez golpeado por la palabra de Dios? Algunos de nosotros hemos vivido esa experiencia. Alguna palabra de la Biblia nos ha llamado la atención y despertado nuestra conciencia, y de repente somos conscientes de que Dios ve en nosotros mucho más profundo de lo que jamás pudimos imaginarnos y nos damos cuenta de lo culpables que somos. En el día de Pentecostés los judíos que estaban escuchando el más importante mensaje que jamás había pronunciado Pedro, al final «se afligieron en su corazón siendo conmovidos, por así decirlo, por la palabra de Dios. Creo que en la escena de Hecho, sobre Ananias y Safira, cuando le mintieron al Espíritu Santo. Cuando Pedro, hablando por medio del Espíritu, puso en evidencia sus mentiras, los dos bajaron de inmediato la cabeza. Así que, aquí tenemos a aquellos que son muertos por la espada que sale de la boca del Señor.»

Al Señor le acompañan los ejércitos de los santos y de los ángeles. El libro de Judas cita a Enoc, el profeta, diciendo: «he aquí el Señor vino entre sus santos millares. Ya hemos visto en el 17:14 la promesa de que: «los que están con él son llamados y elegidos fieles que le acompañarán cuando venga. Esto describe a la iglesia regresando con el Señor cuando aparezca en gloria, pero además a los ejércitos de ángeles que le acompañarán. Varios pasajes se refieren a los ejércitos de ángeles, a los multiplicados millones, que volverán con el Señor. También ellos usarán la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

El versículo 16 nos revela el cuarto nombre del jinete: «REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES cosa que está relacionada con el hecho de que gobernará con vara de hierro. Cuando vuelva nuestro Señor gobernará sobre todas las naciones. Primero destruirá a sus malvados y a continuación gobernará sobre el resto de ellos. La palabra «gobernar es realmente «pastorear: «pastoreará a las naciones con una vara o cetro de hierro. Reconocerá usted estas palabras, tomadas del salmo 2. Por tercera vez en Apocalipsis, se hace referencia a la promesa del salmo: «¡Yo he instalado a mi rey en Sion…. «los gobernarás con cetro de hierro, los desmenuzarás como a vasija de alfarero. Esa «vara de hierro es un símbolo de la justicia dura, que no cede, que no duda. Es el nivel de la moralidad de Dios que no puede disminuir o minimizarse en modo alguno. Esto describe los años del milenio cuando reinará la justicia en toda la tierra. Estarán presentes el pecado y los pecadores, pero no podrán alterar los acontecimientos ya que su mal será inmediatamente juzgado y esto es una característica del milenio.

El efecto de la aparición de nuestro Señor sobre los enemigos del cristianismo es algo que una hemos observado en los versículos del 17 en adelante. Aquí nos enteraremos de lo que quiere decir la frase «»He pisado el lagar yo solo. De los pueblos nadie estuvo conmigo. Los he pisado con mi furor y los he hollado con mi ira. Aquí nos encontramos con el llamamiento a una gran matanza.

«Y vi a un ángel que estaba de pie en el sol, y el gritó con gran voz a todas las aves que volaban en medio del cielo diciendo: ¡Venid! ¡Congregaos, para el gran banquete de Dios! Para que comáis la carne de reyes, de comandantes y de los poderosos; y la carne de caballos y de sus jinetes; y la carne de todos, tanto de libres como de esclavos, tanto de pequeños como de grandes.»

Esta es otra descripción de la gran campaña que se conoce como la Batalla de Armagedón. Hemos visto ya que 200.000.000 soldados de todos los ejércitos de la tierra, que se reunirán en la tierra de Palestina. Encontramos otras descripciones de esto en los profetas. En Ezequiel 38 y 39 se describe con detalle y también en Joel 2, en Daniel 11 y en Isaías 24 que nos ofrecen el relato del desarrollo de estos acontecimientos, al venir el rey del norte a la tierra y reunirse con el rey del sur, es decir, con los ejércitos de Egipto, que vienen en contra de Israel. El conflicto se resuelve solo gracias a la repentina destrucción que se produce por la repentina aparición de Jesús mismo.

La suerte que corren estos poderes contrarios al cristianismo los encontramos en los versículos finales, del 19 en adelante.

«Y vi a la bestia y a los reyes de la tierra y a sus ejércitos, congregados para hacer la guerra contra el que estaba montado sobre el caballo y contra su ejército. Y la bestia fue tomada prisionera, junto con el falso profeta que había hecho delante de ella las señales con que había engañado a los que recibieron la marca de la bestia y adoraron a su imagen. Ambos fueron lanzados vivos al lago de fuego ardiendo con azufre. Los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que estaba sentado sobre el caballo y todas las aves se hartaron de la carne de ellos.»

Resulta casi increíble ¿verdad? que cuando Jesús se revela a sí mismo, y todo ojo le ve, estos dirigentes de las naciones de hecho intentan asaltarle y atacar al Señor mismo: «reuniéndose para hacer la guerra al Señor y a sus ejércitos. Pero es una batalla desigual. La bestia y el profeta son inmediatamente capturados y echados en el lago de fuego, que se llama en los capítulos 21 y 22 «la muerte segunda que es un símbolo terrible del tormento eterno, del fuego, del tormento interior que quema continuamente y que nunca tiene fin.

Y se nos dice que el resto mueren por la espada de Dios, no por causa de un arma física, sino por la sencilla palabra hablada. Cuando nuestro Señor se encontraba en el huerto de Getsemani, al acercarse a él los soldados les preguntó: «¿A quién buscáis? Ellos le contestaron: «A Jesús de Nazaret. Les dijo Jesús: «–Yo soy. Ha quedado constancia de que los soldados cayeron al suelo al escuchar esa palabra; ese es el poder que tiene el Espíritu eterno. De modo que aquí, al venir él, una sola palabra pronunciada por él es suficiente para acabar con los enemigos de Dios. El gran himno de Martin Lutero «Castillo fuerte es nuestro Dios tiene una línea en la que dice que cuando el Señor se enfrente con el mal «una insignignificante palabra suya los destruirá.

Todavía no hemos visto el destino que aguarda al gran dragón, a Satanás, el archienemigo de Dios, que durante siglos ha venido afligiendo y atormentando a los pueblos de la tierra. Lamentablemente aquí se produce una interrupción en el capítulo, porque de hecho el relato sigue y nos dice lo que sucede a continuación. Veremos a Satanás atado y el establecimiento del reino milenario y todo ello como resultado inmediato de la aparición del Señor Jesús, pero esto es algo que veremos en nuestro próximo estudio.

Quiero recordarles de nuevo, al llegar al final de este mensaje, que el propósito esencial de la profecía es testificar acerca de Jesús, que es la figura más importante de toda la vida. Escuchamos muchas ideas religiosas que se están difundiendo en la actualidad, desde las religiones orientales a la filosofía de la Nueva Era a las sectas, y todas ellas afirman saber cómo fue creado el universo, cómo funciona la vida, y cómo relacionarse con el Dios que pueda existir, pero la prueba de todas estas creencias, y la respuesta a la que todas las personas de la tierra deben de contestar es: «¿Qué debemos de hacer con Jesús? ¿Qué lugar ocupa Jesús, en su vida religiosa? Porque él ha estado aquí. La constancia que ha quedado de su vida es inexpugnable. El vino, vivió, enseñó, murió y resucitó de nuevo. Todo esto ha quedado establecido mediante una evidente incuestionable y es un hecho. Por lo tanto, cualquier creencia que pretenda ayudar al hombre debe de afrontar este hecho. ¿De qué manera encaja Jesús en sus planes? Esta es la pregunta con la cual hace la Biblia que nos enfrentemos. Jesús es el tema primordial de la vida. Todas las vidas encuentran su significado en él, y toda esperanza para este mundo quebrantado se basa en el hecho de que va a regresar a este mundo.



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Nº de Catálogo 4209

Apocalipsis 19:6-21

Vigésimo primer Mensaje

8 de Abril, 1990



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