«Anunciando la paz por Cristo; éste es el Señor de todos» (Hech. 10:36).
Dirigiéronse estas palabras a una congregación admirable, porque todos se habían reunido con un mismo objeto, serio y solemne, y se sentían todos en la presencia de Dios, hallándose preparados para oír la buena nueva, como la tierra labrada para recibir la buena semilla. ¡Dichoso el predicador que tiene tal congregación! Haga Dios que sea ésta de la misma naturaleza.